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jueves, febrero 23, 2006

Otro relato más

Después de unos días sin escribir nada, hoy me ha apetecido añadir un nuevo relato, que al mismo tiempo he incluido también en el portal yoescribo.com.

En este caso, se trata de un pequeño relato de humor negro (o negruzco, depende de opiniones) de 3 páginas que escribí hace un par de años. Durante unos pocos meses, estuvo disponible en otro portal literario (cuyo nombre no quiero citar, para no tener que ponerles a bajar de un burro) del que sus responsables lo eliminaron sin previo aviso y sin darme una explicación, a pesar de que varios usuarios de dicho portal me habían felicitado por él.

Pues nada, aquí os dejo este texto, del que siempre me he sentido especialmente orgulloso. Como curiosidad (y sin ánimo de echarme flores) os diré que la idea se me ocurrió en unos minutos, lo redacté en una hora, y lo corregí en media. Puedo aseguraros que fueron dos horas muy productivas (tranquilos, no lo escribí y corregí el mismo día).




ODIO TAIWAN

Odio Taiwan. Y bien, ¿no vas a preguntar por qué? No te preocupes, que yo mismo te lo cuento. Supongo que también te preguntarás qué puede contarte este viejo andrajoso que te habla, pero has de saber que yo antes no era así.

Hace muchos años, yo era uno de los más importantes empresarios circenses de este país y, junto con mi hermano Juan, dirigía el circo de los hermanos Benítez, que siempre había sido famoso por sus entretenidos y sorprendentes números con animales. No éramos los más grandes ni los más espectaculares, pero teníamos nuestro público fiel. Hasta el día en el que todo se fue al garete. En realidad, todo empezó un par de meses antes, por lo que comenzaré desde el principio.

Era un día cualquiera, sin nada especial. La temporada de verano había terminado un mes antes y yo estaba de viaje buscando sitios donde actuar desde la primavera siguiente. La campaña veraniega no había sido especialmente benévola, por lo que iba en tren para ahorrar algo de dinero. Aquel día, durante mi enésimo viaje, vi como se acercaba hacia mí uno de esos gitanos que pueden intentar venderte desde un paquete de pañuelos de papel hasta el último número de Playboy. Mi intención inicial era ignorarle, pero hizo algo que provocó que cambiara de opinión de forma radical. Se paró ante mí y, sin darme tiempo a decir que no quería nada, me dijo que veía en mis ojos que trabajaba en un circo y que tenía algo que podía interesarme y que nadie antes había visto.

La sorpresa me dejó mudo y no pude más que observar con rostro anonadado mientras el gitano colocaba junto a mí una vieja caja de puros. Sacó de ella una diminuta pizarra, y tras ella salió lo que parecía ser uno de esos hámsters que pasan la vida dando vueltas como tontos dentro de una rueda y que tanto gustan a los niños. Sin que el gitano dijera nada, el hámster se irguió sobre sus patas traseras y pude ver que sujetaba una diminuta tiza con las delanteras. El animal se acercó a la pizarra y empezó a escribir "Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela", momento en el cual dije sin pensar que lo quería. Esto supuso una ardua negociación, pero al final conseguí llegar a un precio que consideraba justo y me quedé con tan sorprendente animal.

El hámster fue la mejor tarjeta de visita que tuve durante todo el invierno, y conseguí más contratos que nunca, algunos incluso en lugares que hasta entonces habían sido feudo exclusivo de circos más grandes. La fama de mi nueva adquisición corrió rápidamente como un reguero de pólvora, tanto que incluso firmé un contrato con la televisión para que emitiesen en directo nuestra primera actuación del verano. Iba a ser nuestro gran salto a la fama nacional y la oportunidad para hacer más grande nuestro humilde circo.

Y llegó el gran día. Todo estaba yendo como la seda e incluso parecía como si los animales se encontrasen más receptivos que nunca. Y por fin, el número final, el ratón que escribía en una pizarra.

Yo mismo saqué al hámster al escenario en la misma caja en que lo había adquirido y, tras abrirla, coloqué la pizarra. Me alejé y el hámster comenzó el ritual de costumbre, que ya habíamos ensayado otras veces, y, tras levantarse sobre las patas traseras, se acercó a la pizarra sosteniendo la tiza. Pero justo cuando parecía que iba a empezar a escribir, se paró sin más y cayó redondo al suelo, sin soltar la tiza. Me acerqué al escenario a toda prisa al tiempo que un cámara de televisión corría a mi lado. Y en mala hora había aceptado la presencia de cámaras de televisión. El cámara no pudo más que grabar mi cara de sorpresa y perplejidad, después de descubrir conmigo y con toda España que en la tripa de mi preciado animal se podía leer "Made in Taiwan".

Mi mundo y mi negocio se me vinieron encima y, tras pagar todas mis deudas, acabé como ahora me ves. Ahora ya sabes por qué Odio Taiwan

FIN

2 comentarios:

Anónimo dijo...

AHORA ENTIENDO PORQUE TE GUSTA TANTO, ME PARECE MUY BUENO, Y TE FELICITO POR EL Y POR TODO LO ESCRITO EN TU BLOG. CREO QUE TENÉS MUCHA RAZÓN EN ESO DE QUE HAY BUENOS ESCRITORES EN LA RED, REALMENTE SE LEE COSAS MUY BUENAS.
UN SALUDO Y SIEMPRE TE ESTOY LEYENDO.
ROSA MARIA

Waldo Art dijo...

Hola Jorge:

Me ha gustado mucho el cuento de "Odio Taiwán".

Aunque sólo soy un aficionado, me parece que está bien logrado y que te lleva animado y “engañado” hasta el final, sin adivinarlo...

Por cierto, te he conocido a través de JMS Gamboa que pasó por mi Blog.

Si no la conoces te recomiendo que visites la Web de la Asociación Escritores Noveles pues creo que nos puede ayudar mucho en el difícil sueño de publicar en papel.

Pues nada que nos leemos y si quieres, estamos en contacto.

Un saludo desde Gran Canaria.
--
Waldo Art
El Escritor Novel