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martes, octubre 31, 2006

Un nuevo texto

Hoy, aprovechando que mañana es fiesta y que no voy a celebrar el Halloween ese, he decidido dar un repasillo a mis textos, con idea de añadir alguno a yoescribo.com y tal vez a este blog. Al final, después de darle un par de vueltas, me he decidido por una historia corta, de unas 10 páginas, que escribí hace tiempo. Se puede decir que es uno de esos textos que sé positivamente que nunca van a ganar un premio literario en este país (de hecho, ya lo he presentado a dos o tres), así que me apetece compartirlo. No voy a explicar cuál es le género del relato, ya que en cierto modo, podría llegar a destrozar el final, que es una de las mejores partes, a mi entender, de la historia.

Otro caso será cuando lo suba a yoescribo.com, que tendré que subirlo a la categoría más adecuada. De momento, lo dejaré disponible aquí, mientras en yoescribo.con lo maquetan y suben, tarea que puede llevar varias semanas.

Por lo demás, todo sigue como siempre. Yo sigo esperando una respuesta del agente que se puso en contacto conmigo (de esto hace ya mes y medio), manteniendo vivas todas las ilusiones. Hace tiempo que tengo la paciencia bastante entrenada, así que lo llevo relativamente bien.

Espero que os guste el relato. En principio pensé en publicarlo en dos partes, pero tampoco es demasiado largo y al final lo voy a publicar todo junto. Va ser un gran post, sí señor.




EL ESTUDIO

Hoy, después de un año, vuelvo a esa maldita casa. Sé que no está bien que hable así de la casa de mis padres, máxime cuando ellos aún viven en ella, pero es algo que no puedo evitar.

Hace ya un año que me independicé —uno de los momentos más felices de mi vida— y a pesar del tiempo transcurrido, aún me siento bastante inquieto cuando pienso en los últimos años que pasé en casa de mis padres. Todos hemos visto alguna vez uno de esos documentales y películas en las que aparecen casas encantadas, o al menos casas que sus dueños creen encantadas. Hasta hace unos años, yo siempre me había reído de esas historias, cuya autoría atribuía a gente que se aburre y necesita dar la nota de alguna manera. Hasta que empecé a notar cosas raras que no podía explicar.

Todo empezó sin previo aviso, y sin una causa que yo pudiera identificar. Un psicólogo con toda seguridad me habría diagnosticado algún tipo de crisis de ansiedad, pero en mi vida no había en esos momentos nada que pudiera justificar tal ansiedad. La primera vez me pilló de sorpresa, un día normal en el que no había ocurrido nada. Cuando todo empezó, yo estaba en la cama, pensando un poco como suelo hacer siempre antes de dormir.

Sentí de repente como si unas manos me recorriesen todo el cuerpo desde la cabeza a los pies y me quedé paralizado en el sitio. Intenté moverme por todos los medios pero era como si esas manos invisibles tuvieran la fuerza de veinte hombres haciendo presión sobre mi cuerpo. Intenté también gritar como si me fuera la vida en ello, pero no llegué a emitir ni el más mínimo suspiro. Hasta aquí, no hay nada que diferencie esa experiencia de los típicos sueños que aparecen en los libros de psicología y psiquiatría. Salvo el hecho de que ni ahora, después de haberle dado vueltas durante un año, estoy seguro de si estaba despierto o dormido cuando ocurrió. La lógica me dice que tenía que estar dormido, pero no puedo recordar el momento en que se supone que desperté. Recuperé la movilidad y el habla sin saber cómo, y sobre todo, sin la sensación de estar despertando de un sueño. Durante todo el tiempo fui incapaz de ver nada o abrir los ojos —no sabría precisarlo— pero en todo momento estuve seguro de seguir despierto. Una vez que todo hubo pasado, me encontré mirando al techo de mi habitación con la poca luz que se filtraba de las farolas de la calle y con un ligero dolor de cabeza. Pasé varios minutos en esa postura y sin poder dormir, más que nada por miedo a que el extraño suceso volviese a ocurrir. Al cabo de un rato volví a dormirme y el resto de la noche transcurrió sin novedad.

La misma situación se repitió sin variaciones durante un par de semanas. La historia se repetía una y otra vez: mientras intentaba dormirme o me adormilaba, unas manos me recorrían el cuerpo y al final recuperaba el control de mis funciones sin tener sensación de haber estado durmiendo. Pasé todo ese tiempo “ejercitando” mi mente cada vez que las manos invisibles me recorrían. El “ejercicio” consistía en concentrar todos mis pensamientos en alejar al “ente” que me atormentaba. Para esa época ya había dejado de pensar en esa situación como una pesadilla y había comenzado a atribuirla a un “ente” que no podía identificar. Mi formación académica de ciencias debería llevarme a descartar las explicaciones paranormales, pero también creo que he leído suficientes novelas fantásticas y de terror como para que me hayan influido. Cuanto más luchaba contra la presencia que sentía, o al menos creía sentir, más me convencía de que no era un simple sueño.

El sueño, o lo que quiera que fuese, continuó evolucionando con cuentagotas. Se fueron sucediendo los cambios, pero siempre cada mucho tiempo y con cambios pequeños cada vez.

El primer cambio notable tuvo lugar cerca de tres o cuatro meses después de empezar todo. Fue notable, y también bastante puñetero. La noche comenzó bien, o tal vez debería decir mejor que bien. Para mi sorpresa, conseguí dormirme sin más, sin manos que me recorriesen y sin parálisis. Hasta aquí todo era bueno y parecía que la noche me iba por fin a ser favorable, pero me esperaba la peor de las posibilidades, la más descorazonadora.

Me desperté de repente, entre veinte y treinta minutos después de haberme dormido, sobresaltado como si hubiera tenido una pesadilla, aunque no recordaba ninguna. Esa situación no debería ser extraña, pero a mí, acostumbrado a dormir siempre de un tirón y sin darme cuenta, me resultó cuanto menos intrigante. Me quedé despierto unos minutos mientras intentaba hacer memoria y ver si era capaz de recordar qué me había sobresaltado como para despertarme de esa manera, pero fui incapaz de recordar nada, por lo que al final me di la vuelta e intenté dormirme de nuevo.

En contra de mi habitual costumbre de caer dormido con gran facilidad, pasé unos cuantos minutos —en mi cabeza calculé unos diez— intentando dormir de nuevo. Tras ese tiempo, no sólo no conseguí volver a caer dormido, sino que además la sensación familiar de tener unas manos recorriéndome volvió con más fuerza. Además, si hubo un momento en el que estuve seguro de estar despierto mientras todo ocurría, fue justo esa noche. Las vueltas que había dado en la cama durante los diez minutos en los que me había afanado en retomar el sueño me habían desvelado y me habían dejado con la sensación de que no iba a conseguir dormir en toda la noche. La situación evolucionó como de costumbre, con parálisis y silencio forzoso incluidos, aunque duró mucho más de lo habitual, yo diría que casi el doble. Pasé todo el tiempo concentrado al máximo en alejar al “ente” de mi lado, gritando en mi mente que era más fuerte que él y que se fuese. Cuando vi que aquello no funcionaba y que la sensación de ansiedad se hacía más intensa que en otras ocasiones, pasé a los insultos y a llamar a mi “ente” de todo menos bonito.

Desde ese día, la nueva situación pasó a ser la habitual, e incluso parecía como si cada vez se añadiesen unos pocos segundos al invisible toqueteo. A pesar de todo, y gracias sobre todo a que, por mucho que durase la experiencia, al final siempre lograba dormirme, conseguí mantener la cordura durante el día. De hecho, el trabajo, mis amigos y el resto de pequeños detalles del día a día hacían que cada mañana lo olvidase todo. Sólo lo recordaba poco después de meterme en la cama, y no tardaba en ponerme al día. Con el tiempo fui mejorando mi técnica mental de alejamiento del “ente”, y fui logrando que la duración del tocamiento, o lo que en realidad fuera, se redujera día a día un poquito. Parecía que empezaba a controlar la situación y era cada día más capaz de conseguir salir de ella con rapidez.

Así pasé el tiempo, toreando cada noche la nueva situación hasta que, de nuevo sin previo aviso, volvió a mutar, como si del virus de la gripe se tratara. Aunque esa vez no fue un cambio tan significativo ni perdurable, sino sólo algo que creí ver.

Para entonces, había mejorado mucho mi capacidad de concentración, y era capaz de dominar la ansiedad del momento hasta el punto de que me limitaba a dejar pasar el tiempo mientras me entretenía en insultar a mi amigo el “ente” o llenar mi cabeza con el mayor número de estupideces intrascendentes que me venían a la mente en ese momento.

Una noche, el nivel de concentración llegó a tal punto que la habitual ceguera que acompañaba al tocamiento y la ansiedad dio paso a un montón de sombras difusas. Era como un ciego al que hubiesen operado y que empezaba a recobrar la vista. En ese momento, vi una figura, que identifiqué como masculina, que me miraba desde el fondo de una especie de cueva. La experiencia duró sólo unos pocos segundos, por lo que no pude fijarme en ningún detalle más ni forzar la vista lo suficiente como para ver mejor al extraño personaje. Si fuese uno de esos fanáticos del fenómeno ovni, me habría fijado en si era uno de esos personajes cabezones de piel gris y tres dedos en las manos, pero nunca lo he sido.

Vi algo. No sé qué o quién era, pero estoy seguro de que me vigilaba. Y lo que es más me intrigó fue que no me estaba tocando, a pesar de que yo aún sentía las mismas manos extrañas de siempre. Y todavía no he logrado quitarme de la cabeza la imagen de la silueta, alta y fornida.

A partir de entonces, intenté durante muchos días mantener el mismo nivel de concentración y ver de nuevo la silueta, la cueva —o lo que fuera—, o cualquier otra cosa que me diera alguna pista, pero fui incapaz de volver a ver nada. Era como si el “ente” se hubiera dado cuenta de que me estaba acercando demasiado y se hubiera esforzado en bloquear mi mente. Mi concentración seguía permitiéndome sobrellevar la ansiedad y la sensación de estar viviendo una experiencia paranormal, pero no volvió a llevarme más allá. Y además, en poco tiempo dejó de servirme, cuando todo empezó a moverse a mi alrededor.

Esa fue la última variación en mi experiencia misteriosa, y la más espectacular. Como en las otras ocasiones, pasó de un día para otro sin posibilidad de haberlo adivinado con anterioridad. De repente, seguía sintiendo las extrañas manos, pero ya no me recorrían el cuerpo, sino que lo agarraban y lo movían. Como no era capaz de abrir los ojos, todas mis ideas sobre esos movimientos se basaban en conjeturas y sensaciones. La sensación de movimiento, de estar siendo transportado de un sitio a otro por el aire, era muy notable y no tenía ninguna duda de que eso era lo que estaba ocurriendo, a pesar de no tener pruebas visuales. En esos días empecé a dejar de pensar en un “ente” para dar cabida en mi cabeza a la posibilidad de los extraterrestres y una abducción. Comencé a pensar que tal vez, de una manera extraña, la sensación de unas manos recorriéndome no debía de ser otra sino las manos de unos médicos alienígenas examinándome y haciendo todo tipo de pruebas. La idea me hacía gracia, pero al mismo tiempo me aterraba, tal vez influido por todos los capítulos de Expediente X que he visto a lo largo de los años, algunos de ellos más de tres o cuatro veces.

Con la sensación de movimiento vino también otro pequeño cambio, positivo en parte pero también bastante puñetero. Por primera vez en varios meses, deje de experimentar los fenómenos extraños cada noche. Pasó de ser algo diario a ser aleatorio. Podía ocurrir cualquier noche y de igual manera que con las variaciones anteriores, no solía tener pistas para saber cuándo podía pasar y cuándo no. Lo único que llegué a descubrir era que los sábados por la noche no me ocurría. Deduje que con seguridad se debería a que los sábados por la noche —más bien domingos por la mañana— llegaba a casa con varias copas de más, lo cual propiciaba que me durmiese casi al instante nada más posar la cabeza sobre la almohada. Visto eso, pensé en tomar un par de copas —o tres— antes de ir a la cama cada noche, pero me echó atrás la posibilidad de tener problemas en el trabajo al día siguiente y sobre todo, lo que mi madre podría hacerme si me pillaba bebiendo en casa y encima entre semana. Como la mayor parte de la gente de mi edad y entorno, siempre he sido uno de tantos bebedores de fin de semana, y aunque mi madre siempre lo haya sabido, no creía que le hiciera mucha gracia descubrirme bebiendo entre semana.

Descarté el alcohol y decidí que lo mejor sería dejarlo ya por imposible y aprender a vivir con ello. La sensación de movimiento se transformó con el tiempo en una especie de vuelo —supongo que eso es lo que llaman viaje astral— y descubrí que no era tan desagradable como el magreo con el que todo había empezado. La arbitrariedad con la que se producía era también un detalle a favor de la despreocupación, máxime teniendo en cuenta que cada vez eran menos los días en los que sucedía algo.

Aún recuerdo el último día en que ocurrió. Fue una semana antes de que me fuera de casa, y todavía me sorprende cada vez que pienso en ello.

Todo empezó como en los últimos tiempos, con la sensación de que alguien me estaba agarrando con fuerza y me movía con el mismo ímpetu. El movimiento fue muy brusco esa noche y el vuelo aún más rápido. Pero lo más increíble no fue eso, sino que si saber cómo, mis ojos se abrieron de repente. No recuerdo haberlo hecho de forma consciente, sólo que se abrieron y me mostraron la escena más increíble que había visto jamás. Me encontré mirando a mis pies, que estaban perfectos y en su sitio al final de mis piernas, pero no en su sitio habitual en este mundo. Estaba levitando, a unos treinta centímetros del suelo. No había nada a mi alrededor, excepto los muebles de mi habitación. Ningún hilo, cuerda, “ente” o plataforma que me sostuviera en el aire. Estaba flotando sin saber cómo ni por qué ni quién o qué lo había hecho. Intenté moverme en todas direcciones e incluso hice un gesto instintivo para intentar bajar, aunque no estaba seguro de ser capaz de hacerlo. Todo fue infructuoso, así que al final decidí cerrar los ojos de nuevo y confiar en que al abrirlos todo volvería a la normalidad.

Volver a la normalidad me llevó tres aperturas y cierres de ojos, hasta que de nuevo me invadió la sensación de vuelo y arrastre y me encontré en mi cama como si nada hubiera ocurrido en realidad, aunque un dolor de cabeza bastante más fuerte que de costumbre me recordaba que algo había pasado. Aunque esa fue la última vez. Desde entonces nunca más he vuelto a tener ninguna sensación extraña o “sobrenatural” antes de dormir.

Hoy vuelvo después de un año de tranquilidad y ausencia de experiencias extrañas. Algo me come por dentro y sé lo que es. Después de haber pasado tanto tiempo de tranquilidad, no tengo ni idea de cómo podría reaccionar si me ocurriese de nuevo. Sigo convencido de que hay algo sobrenatural o extraterrestre en esa casa, y es posible que sólo haya estado aletargado durante este tiempo. No entiendo por qué era el único de la casa en sufrir los efectos de la presencia, pero estoy seguro de que algo había. Por suerte para mi y mi cordura, sólo voy a pasar un par de semanas con mis padres, mientras terminan unas obras en mi casa. Espero que no ocurra nada, y si ocurre, estoy preparado para lo que sea. Creo mi mente sigue siendo aún fuerte, aunque espero no tener que comprobarlo.

Ha llegado por fin el momento. Estoy frente a la puerta con mi maleta en la mano. Llevo ya casi cinco minutos acercando la mano al timbre y alejándola casi al instante, sin atreverme a llamar. He procurado no hacer ruido, no sea que mi madre —que parece estar en casa viendo la tele— me oiga y se acerque a comprobar si hay alguien en la puerta. No creo que supiera explicarle lo que estoy haciendo.

Esto es absurdo, no puedo esperar más. Sé que esto es algo que no puedo evitar y es mejor que lo haga cuanto antes. Aunque pudiera —de hecho, podría— no sería buena idea que me fuera sin más. Mi madre no tardaría en tratar de localizarme y me tendría un buen rato sometido a un interrogatorio que ni las fuerzas de élite de la Guardia Civil. Ya he pasado muchas veces a lo largo de mi vida por interrogatorios similares, y no quiero volver a hacerlo. Voy a acabar con esto, tengo que apretar el puñetero botón.

Ya está hecho. Oigo que mi madre se acerca a la puerta con tranquilidad, lo cual contrasta con mi acelerado rito cardíaco. Si tiene que ocurrir otra vez algo paranormal, no será hasta la noche, así que no debería estar nervioso ahora. Da igual, no puedo evitarlo, aunque sólo sea mi madre quien se acerca.

—Hola cariño, ¿ya has llegado? —como esperaba, es mi madre quien ha abierto la puerta.

—No, señora, no he llegado. Yo venía a ofrecerle esta enciclopedia de trescientos volúmenes sobre la cría del berberecho salvaje en cautividad.

—Pero que sinsorgo eres, anda pasa ya y deja de decir tonterías.

—¿Estás sola?

—Sí. Hoy tu padre trabaja en el turno de noche. Le hubiese gustado poder estar para saludarte, pero ha entrado a trabajar hace poco más de una hora.

—Bueno, tampoco es grave. Tengo un par de semanas para verle todos los días.

Son las doce de la noche. Llevo toda la tarde y parte de la noche dando palique a mi madre, más incluso que cuando vivía en esta casa. Por un lado, pienso que es absurdo esto de retrasar la hora de ir a dormir, pero por otra parte, no puedo evitarlo. Mi madre parece haberse dado cuenta de que pasa algo raro y no deja de preguntarme por qué no me voy a la cama. Creo que la excusa de la falta de sueño ya no va a colar una cuarta vez, así que supongo que ha llegado el momento de ir a la cama. No creo que duerma demasiado, pero tampoco puedo quedarme toda la noche despierto, al menos no en la sala.

—Bien, creo que es hora de ir a la cama. Parece que ya me va cogiendo un poco el sueño y yo sigo teniendo que ir a trabajar mañana, aunque no me apetezca nada. Hasta mañana.

—Vale hijo, hasta mañana.

Ya está liada. Me pongo el pijama y me meto en la cama. Sigo intranquilo y casi ni me atrevo a cerrar los ojos, pero tengo que hacerlo. Siempre he sido bastante hábil en el arte de relajarme y apartar las preocupaciones de mi cabeza antes de dormir, y espero que no sea menos.

Está pasando. He notado que me agarra de una de mis piernas y me cuesta horrores abrir los ojos. Hace un momento he logrado abrirlos durante un par de segundos, pero no he podido mantenerlos así. Noto la sensación de movimiento. De momento voy lento, pero noto que estoy acelerando poco a poco. Es la sensación de siempre, pero hoy parece que va a ser un viaje muy duro. Ni que fuera un viaje de LSD.

He podido abrir los ojos de nuevo. No sé dónde estoy, pero no es ninguna cueva como me pareció la otra vez. Es más bien como una especie de habitación, pero en nada parecida a lo que al menos hasta ahora conocía como habitación. Es un recinto con las paredes curvadas, dando la sensación de ser una especie de óvalo. Las paredes no tienen nada, ni ventanas, ni cuadros u objetos decorativos. Es lo más que puedo ver desde el suelo, que es donde estoy sentado. No puedo levantarme. Me siento muy débil, más de lo que recuerde haber estado jamás.

Parece que viene alguien.

—Bueno, parece que por fin has despertado. Espero que te encuentres con fuerzas suficientes, dentro de poco tendrás que presentar tu informe y hay mucha gente que depende de él.

—¿Informe? ¿De qué leches estás hablando? Y es más, ¿quién cojones eres tú?

Dios mío, no me lo puedo creer. Estoy hablando con un extraterrestre, y es justo como los describían en la tele y el cine, un tipo enano, asexuado y cabezón con grandes ojos negros, piel gris y sólo tres dedos en cada extremidad. Esto es más de lo que jamás habría imaginado.

—Vaya vaya, el famoso lenguaje grosero humano. Tranquilo, no te preocupes que dentro de poco se te quitará del todo, es uno de los efectos secundarios, pero por suerte no dura mucho.

—¿Efecto secundario de qué? ¿De vuestros experimentos? Así que es verdad eso de que visitáis la Tierra para hacer experimentos con nosotros.

—Uff, veo que aún no has empezado a recordar. Me avisaron de que de vez en cuando ocurren casos así, pero todavía no me había encontrado con ninguno. Dicen que hay uno de cada diez casos. Tú tranquilo, que todo volverá a la normalidad y en menos de medio ciclo habrás recordado quién eres.

—¿Quién soy? Yo sé quién soy. Me llamo Rodrigo Buendía.

—¿Pero tú te has mirado a ti mismo? No seas patético como un humano.

Ya no sé quién soy. He hecho lo que me han dicho y me he mirado. No sé si esto es un disfraz, un producto de mi imaginación o alguna táctica de control mental, pero esto no puede ser. Parezco uno de ellos, de los pies a la cabeza. Tengo los malditos tres dedos, tanto en las manos como en los pies, y la piel gris. No puedo decir nada de la cabeza, ya que no tengo ningún espejo en el que mirarme, pero no creo que desentone del resto del conjunto.

—Tranquilo, que no puede faltar mucho. De todos modos, te echaré una mano poniéndote en antecedentes. Tu nombre no es Rodrigo Buendía, al menos no en este planeta. Te llamas Zostar, y eres un guerrero del tercer ejército de las fuerzas del planeta Oa. Durante el último año, tu misión ha sido suplantar en la Tierra a un humano llamado Rodrigo Buendía. Mientras él estaba aquí, encerrado en una de nuestras celdas y dentro de una cámara de éxtasis, tu vivías su vida y recopilabas datos acerca de cómo nos ven los humanos y qué posibilidades tendríamos de cara a una posible invasión. Supongo que tu mente se ha metido tanto en el papel que ahora mismo no eres capaz de recordar quién eres. Bueno, se te veía muy ilusionado cuando te presentaste voluntario para la misión. Siempre te sentiste muy atraído por la Tierra y los humanos, pero supongo que todo pasará.

—Eso no puede ser. No sé que tácticas mentales estaréis usando, pero no vais a poder conmigo.

—Bien, será mejor que intentes dormir un poco. Tal vez cuando despiertes te encuentres mejor y lo hayas recordado todo. Tendré que cerrar la puerta, pero no te lo tomes a mal. No sabemos lo que podrías hacer mientras aún te creas humano, así que es sólo por tu propia protección. Mañana me lo agradecerás.

Acabo de despertar. Por fin recuerdo todo. Lo que me dijo Brekstar —ese es el nombre del tipo con el que hablé anoche— era todo cierto. Soy un agente de Oa y he pasado un año infiltrado entre los humanos para descubrir sus puntos débiles y cómo reaccionarían ante una invasión o ante las abducciones. Creo que la invasión no puede estar muy lejos. Teniendo en cuenta que hay humanos tan estúpidos para confundir una abducción con un fantasma o un “ente” —tengo que evitar la risa cuando pienso en esa palabra, “ente”— y otros que nunca creerán a los que aseguran haber sido abducidos, dudo que encontremos resistencia cuando lleguemos. Será todo muy rápido y 1también muy fácil.

En cierto modo, me dan algo de pena. Creo que he llegado a cogerles un poco de cariño.

FIN


3 comentarios:

JoseMSGamboa dijo...

Bueno, Jorge, por fin he encontrado tiempo para leerte. El relato me ha parecido escalofriante, sobre todo en la parte de la descripción de los sueños con el 'ente' y en el sorprendente final (algo a lo que ya nos tienes acostumbrado). La idea es original y está perfectamente narrado. Logra mantenerte en la intriga y no sabes si será un extraterrestre, un fantasma, imaginaciones, o qué...

Felicidades, has conseguido una historia bien resuelta y con un gran clima.

Un saludo.

urria2949 dijo...

La idea del cuento esta muy bien, el desenlace es lo omejor, pero las descripcones del princio son muy largas y peadas, si se redujran quedaría el relato mas corto y mas espectacular.

El predicador y su seis tiros dijo...

Una mejora notable respecto al relato de los fang desde luego. Sin embargo hay cosas por pulir. Sigues sin trabajar al personaje con detalle, aunque algo empieza a verse. Procura asimismo no repetir palabras en intervalos breves, para lo cual el uso de sinónimos es un recurso excelente. Y cambia, lo digo muy en serio, el "todo empezó..." Si no he calculado mal lo utilizas unas tres o cuatro veces. Imagina encontrar la frase "érase una vez..." varias veces en el mismo relato. Pues eso. De todas formas el final es bueno, cambiando el habitual punto de vista. Además la narración en primera persona es harto complicada, sigue practicando para mejorarla.