viernes, septiembre 22, 2006
Pequeña actualización
El caso es que hace un par de días, mientras pensaba en la posibilidad de publicar, empecé a recordar cómo, casi de la manera más tonta, empecé a escribir mi primera novela, la que ahora está en un posible proceso de publicación.
En realidad comenzó como un reto, quería ver si era capaz de escribir algo largo. Al principio me costó un poco, como a todos (supongo), pero poco a poco me fui soltando y al final acabé con un "tocho" de casi 400 páginas. Para más inri, es lo más largo que he escrito hasta el momento, aunque con eso no quiero decir que lo que he escrito después, que ha sido bastante, sea peor, pero no puedo negar que aquella primera novela superó todas mis expectativas.
A día de hoy, he escrito un total de cinco novelas, una serie de historias cortas como para formar un sexto libro y estoy en proceso de escribir otra novela más, aparte de que tengo un montón de ideas, todas anotadas en documentos de Word o en papeles varios, para escribir como otras siete u ocho novelas. Vamos, que mis neuronas no paran. Sólo me queda que, aparte de mis ideas, mi estilo y mi forma de contar historias gusten y ya estaría todo encaminado.
De todos modos, a pesar de ver más posibilidades que hace cuatro años, cuando empecé esa primera novela, tengo la paciencia más entrenada. Ya he pasado por el mandar cosas a editoriales y que ni siquiera te respondan o el presentarse a premios literarios (de los que cada día me convenzo más de que siempre están concedidos de antemano), por lo que ya he tenido que pasar antes por periodos de espera, más o menos largo, y llegar a casa cada tarde del trabajo con la esperanza de que haya una carta o un e-mail de una editorial. Eso no quita que, en caso de que llegue a publicar, no empiece a dar saltos de alegría o a gritar como un poseso el día que se confirme, pero ya he aprendido a tomármelo con calma.
Mientras tanto, yo sigo con mis historias. Cuando termine lo que estoy haciendo ahora, tengo pensado escribir algo corto, para despejar la cabeza, y probablemente acabe publicado en este blog y en yoescribo.com, como siempre.
Una última cosa antes de terminar: Si escribís y queréis tener la posibilidad de llegar a la gente, no puedo dejar de recomendaros yoescribo.com. He de reconocer que cuando publiqué ahí mi primera historia, no pensé que la pudiera leer mucha gente. La publicité un poco, con este blog y en los foros de yoescribo.com, y después de un año, me sorprende que sigue estando entre las obras más descargadas de su categoría (novela negra). Gracias a esa página estoy ahora soñando con la posibilidad de publicar, y veo que merece la pena. Aunque no me publicaran, me han dado la posibilidad de llegar a mucha más gente, y eso esatá muy bien.
Pues nada, eso es todo por hoy. A ver si la próxima vez puedo dar más noticias.
martes, septiembre 12, 2006
Nuevas noticias
Siento haber dejado tan olvidado este blog, pero diversas circunstancias personales y algún que otro problema me han alejado de él. De hecho, últimamente no he escrito demasiado debido precisamente a esos mismos problemas, aunque recientemente he vuelto a hacerlo más o menos con la misma asiduidad que antaño.
Los que aparte de este blog seáis también habituales del blog amigo http://diarioescritor.bitacoras.com tal vez hayáis reparado en un comentario que dejé ayer mismo en el último post de dicho blog. Para los que aún no lo hayan leído, he aquí un pequeño resumen:
Si las cosas no se tuercen y la suerte me sonríe del todo (de momento, ha esbozado una pequeña sonrisilla) es posible que en un futuro, aún por determinar, deba cambiar el nombre de este blog o tal vez crear uno nuevo. Hace unos pocos días, recibí un email procedente de una persona que se presentaba a sí misma como agente literario, escritor y editor. Decía que había visto mis obras en yoescribo.com (sabía que hacía bien subiéndolas) y me solicitaba algún manuscrito que tuviera finalizado y un resumen de mis otros proyectos, en caso de que los tuviera. Adjunto al mensaje, llegó un documento de Word con información detallada de dos de los autores a los que representa y sus datos de contacto, para que pudiera pedirles referencias si lo deseaba.
Como es lógico, mi reacción inicial fue una mezcla de ilusión (nunca antes un agente se había puesto en contacto conmigo y no a la inversa) y de cierta desconfianza, motivada por las malas experiencias del pasado. Inmediatamente, me dispuse a verificar que la información fuera cierta y que dicha persona fuera quien decía ser (o por lo menos lo pareciera). Busqué en Google su dirección de correo y di con la página de la Agencia Española del ISBN, dependiente del Ministerio de Cultura, en la que aparecía dicha dirección, asociada a una editorial existente, curiosamente situada en un pueblo cercano a donde yo vivo. Esa fue la primera buena señal.
La segunda buena señal fue el email que recibí de uno de los autores que el agente había citado como referencias (el otro aún no me ha contestado). Confirmaba que conocía a la persona de la que le hablaba y que confiaba en él como agente, después de haber publicado con él su primera novela y estar actualmente moviendo la segunda por varias editoriales importantes.
Mi reacción no tardó en llegar y ayer mismo envié al agente una de mis novelas (concretamente la primera que escribí), junto con su sinopsis y un breve curriculum literario. Antes de que alguien lo comente, envié un manuscrito que tengo registrado, que nunca hay que bajar la guardia. De todos modos, la razón principal de que enviara precisamente ese manuscrito es que me siento muy orgulloso de él y es significativo de mi estilo como escritor.
Ahora ya sólo queda esperar pacientemente. Como esta historia podría llegar a truncarse o no llegar a buen puerto, no voy a dar más detalles de momento. Esa es la razón por que todavía no le he puesto nombres. Después de unas cuantas malas experiencias y de haber tratado con gente que, en la mayor parte de las ocasiones, ni responde, te hace ser más cauteloso con el tiempo. Aunque no puedo dejar de pensar que esta vez me han llamado a mí y no soy yo el que ha llamado. Eso tiene que significar algo, ¿no?
Y ya que hablamos de gente que llama y gente que no llama y cosas así, me surge una pregunta a la que he dado muchas vueltas en también muchas ocasiones. Yo entiendo que si una editorial no admite que se le envíen manuscritos no solicitados, no responda a éstos o que acaben en el cubo de la basura o como combustible para una chimenea. Lo que no entiendo es que haya editoriales (y he visto y sufrido ya unos pocos casos) que anuncian a bombo y platillo en su web que quieren que se les envíen manuscritos, pero que luego no responden nunca a algunos de ellos, ni siquiera con un simple acuse de recibo, que no resulta tan complejo. Y no estoy hablando de que no te hayan respondido después de dos o tres meses, que es más o menos la media de tiempo para recibir alguna respuesta, según mi experiencia, sino que pueden haber pasado siete u ocho meses sin que nadie se digne a decirte nada, ni siquiera si han recibido el manuscrito.
Hay que ver lo a gusto que se queda uno. Tenía ganas de soltar eso desde hace tiempo.
Bueno, esto... esto..., esto es todo, amigos. Espero que la próxima vez no pase tanto tiempo.
martes, abril 25, 2006
No es por criticar, pero hay cosas que claman al cielo
No voy a escribir una disertación sobre por qué deberían hacer eso todos los días y no sólo cuando se acercan fechas señaladas (eso sería fácilmente buen material para otro artículo), sino sobre un detalle que me ha llamado poderosamente la atención y sobre el que no puedo dejar de hablar. Antes de que los afectados por mis próximas palabras se rasguen las vestiduras o entonen un "¿y este tipo quién es para criticarnos?", quiero dejar claro que mi intención no es desprestigiar a nadie, sino dar un pequeño tirón de orejas a quien sea responsable de lo que voy a explicar.
El caso es que he empezado a leer las historias con gran interés, hasta que he dado con una escrita por un paisano de Bilbao, conocido escritor de novela negra llamada José Javier Abasolo. Hasta el momento en que he leído su historia, que en líneas generales es interesante, había estado leyendo a buen ritmo, el cual se ha visto frenado en varios puntos del mencionado relato. Lo más significativo de la situación es que la historia en sí no resultaba árida, pero sí (y mucho por momentos) la redacción de la misma. Me he visto de repente sorprendido por un texto que, en algunos de sus párrafos, evidenciaba una preocupante escasez de comas, que obligaban a echar la vista atrás en ocasiones, para tratar de entender ese último párrafo escrito sin pausas. Yo puedo entender que un relato tan breve como ese (para quien lo quiera conocer, lo reproduzco al final del artículo) se puede llegar a escribir con rapidez y es susceptible de tener lagunas en la historia o hechos que se suceden con demasiada precipitación, pero no acierto a entender cómo puede pasar a estado impreso un relato que no resiste ni la primera revisión, aunque sólo sea por las comas. No voy a hablar del estilo del resto del texto, que me ha parecido correcto, pero sigo sin entender el banquete que el autor (o quien haya corregido el texto antes de su publicación) se ha dado con los signos de puntuación.
En fin, que lo que peor me sienta, aparte de haber lidiado con un relato breve más árido de lo que debería, es ver cómo a mucha gente (entre la que me incluyo) se le rechazan relatos revisados decenas de veces (en ocasiones tantas como intentos de publicación distintos), mientras esos mismos editores no dudan luego en editar a los autores conocidos o consagrados sin molestarse en corregir los textos o por lo menos ver si están ya corregidos. Alguien dijo una vez que hay autores que serían capaces de hacer un best-seller de su lista de la compra y es triste ver lo cerca de la realidad que esa afirmación se encuentra. No sé si esta reflexión debería ser tenida en cuenta por los editores, los autores, los correctores o todo el mundo en general, pero, como decía cierto personaje famoso en un libro no menos famoso: "Quien tenga oídos para oír, que oiga".
A continuación, paso a reproducir el relato en cuestión, tal y como ha sido publicado en el mencionado panfletillo, sin cambiar nada. He revisado el librillo al completo y no he visto ninguna prohibición expresa de reproducción, así que supongo que no estoy infringiendo las leyes de derechos de autor ni nada parecido. Si el autor o alguien relacionado con la obra lee este artículo y considera vulnerados sus derechos, que deje un comentario o me mande un e-mail a jorge.urreta@hotmail.com con las razones por las que deba retirar el artículo y lo haré gustosamente.
- José Javier Abasolo -
Todo empezó con el estreno de la última película de Fuentes, en la que cambiando valientemente de registro, como afirmaron prácticamente la totalidad de los comentaristas, se había acercado con pulso firme y decidido al género negro. Era su primera película policíaca y pese a que sus detractores, que también los tenía, habían pronosticado que se estrellaría en el intento, no sólo no ocurrió así sino que todos los críticos tuvieron que reconocer no sólo su pericia como director sino su valentía y su acercamiento a la realidad desde el campo de la ficción, ya que el guión se basaba en unos crímenes reales que todavía seguían sumiendo en el desconcierto a la policía y en la intranquilidad a los ciudadanos.
El asesino de la rosa negra, su última película no sólo era un hermoso título para una brillante película, sino el apodo que los periodistas habían puesto a un misterioso criminal que había violado y asesinado a siete jóvenes y que tras perpetrar sus atrocidades dejaba entre los pechos ya inertes de sus víctimas una rosa teñida de color negro. En todos los periódicos del país se habían escrito cientos de páginas acerca no sólo de del caso sino también de la ineficacia de unas fuerzas policiales que meses después de que se iniciara la serie de crímenes seguían sin tener la menor pista. Era inevitable que llegara la película aunque nadie se hubiera imaginado que lo haría de la mano de Laureano Fuentes, un director de culto alejado normalmente de los círculos comerciales que acostumbraba a escribir en solitario el guión de sus películas.
El éxito fue total desde el mismo día del estreno. Gracias a El asesino de la rosa negra Laureano Fuentes, además de consolidarse como el mejor director español de todos los tiempos, se convirtió en el fenómeno mediático más importante del país. Hasta que la inspectora Isabel Altube, a la que por deformación profesional no le gustaba el cine de género negro, bastante crímenes veía todos los días como para solazarse con los inventados por guionistas de mente calenturienta, dejó de lado sus escrúpulos y decidió ver la última obra de su director preferido.
La película no la decepcionó ya que, como había aclamado la crítica y por una vez en la vida la crítica y el público opinaban igual, se trataba de una verdadera obra maestra pero a pesar de ello la inspectora salió de la sala completamente desazonada, con un extraño presentimiento. No quería precipitarse así que en lugar de tomarse un par de cervezas, como hacía siempre tras haber visto una buena película, se dirigió a la comisaría, a revisar los antecedentes de ese caso que había sido sepultado bajo la etiqueta de "autor o autores desconocidos". Los archivos le confirmaron lo que había sospechado. Lo que había visto en la sala cinematográfica era algo más que una película más, era una confesión en toda regla. Fuentes había incluido escenas, aspectos de la trama que eran auténticos pero nunca habían salido a la luz, tan auténticos que sólo podía conocerlos el auténtico asesino. No le fue difícil obtener otro tipo de confesión, una confesión más válida para presentar ante un juez. Laureano Fuentes había querido unir la realidad y el arte y eso fue lo que, según sus propias palabras, le convirtió en un asesino.
Sabía que seguramente sería su última oportunidad así que Isabel, antes de introducirle esposado en el furgón policial, le pidió que le firmara un autógrafo.
P.D.: Aparte de lo que decía de las comas comidas, creo que alguien debería decirle al autor que no abuse de la construcción "no sólo / sino", que tanto repite en la primera parte del relato.
lunes, abril 17, 2006
Capítulo 4 (y último)
comentarios.
—No hace falta que te levantes —dijo Belfort en cuanto se dio cuenta de que Luis le había reconocido—, mejor que descanses.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —preguntó Luis, entre sorprendido y asustado. No sólo no sabía qué hacía ahí encerrado, sino que además algo no encajaba si Belfort estaba allí.
—¿Recuerdas que te dije que sospechaba que algunos de los comerciantes eran colaboracionistas? Pues creo que olvidé mencionarte que yo sí lo era. Ya sabes, piensa el ladrón que todos son de sus condición.
—¿Colaboracionista? Yo diría traidor —exclamó un airando Luis—. ¿Qué te han prometido? Déjame adivinar, te dejan vivir tranquilo si tú les ayudas a descubrir a posibles traidores, ¿no?
—Me parece que has visto demasiadas películas de ciencia-ficción. Hay una cosa en la que no te mentí: sí que soy un comerciante.
—Entonces, ¿me vas a explicar esto? ¿No se suponía que íbamos a comerciar con un montón de cajas de Coca Cola? ¿Se puede saber qué estoy haciendo aquí? ¿Me van a torturar o acaso me quieren matar?
—Bueno, supongo que con el tiempo que te queda no hay sentido en que te oculte la verdad. Ahora sí que me parece que estarás mejor sentado. Historias así es mejor escucharlas cómodamente.
—¿Vas a dejar el misterio de una puñetera vez? Si voy a morir, quiero saber por qué.
—Vale, no pasa nada, nos sobra tiempo, que tengo buena mano con nuestros amigos los extraterrestres. No olvides que eres un privilegiado, de hecho, creo que eres el primero que va a conocer esta historia antes de morir.
—¡Basta! —gritó Luis, ya desesperado— ¡Dímelo ya de una puñetera vez!
—Bien, al grano. Como ya te he dicho, sí que soy comerciante, pero en realidad nunca he comerciado con Coca Cola, ni yo ni nadie. ¿Qué crees que podrían necesitar de nosotros unos alienígenas con una tecnología tan avanzada?¿Tornillos? ¿Gasolina? ¿Coca Cola? Algunos sois tan ilusos que me hacéis hasta gracia. Sorpresa, estos tipos no necesitan nada de nuestra patética tecnología, pero eso no quiere decir que no necesiten nada de nosotros. Por si aún no lo has deducido por ti mismo, te voy a dar un ejemplo para que lo entiendas. En este planeta, éramos la especie dominante y lo aprovechábamos comiendo pollos, cerdos, vacas y demás especies animales. Pues, para resumirlo en pocas palabras, ahora hay una nueva especie dominante en el planeta.
—¿Qué?
—Vamos a ver, ¿necesitas que te lo deletree? Venga, te lo voy a poner aún más fácil: si quieres, desde ahora te puedo llamar filete. Seguro que en toda tu vida nadie te ha llamado así.
—¡Maldito hijo de puta! —gritó Luis entre incontrolables llantos— ¿Cómo puedes hacer algo así? Retiro, lo dicho, no eres un traidor. Eres algo peor, pero no creo que aún se haya inventando la palabra para definirlo.
—Me gusta ver que todavía tienes espíritu combativo. Yo solía ser así, pero la guerra me cambió. Yo era soldado y estuve siempre en primera línea de fuego. Te puedo asegurar que después de ver morir cientos de compañeros en el campo de batalla, dejas de pensar en la victoria, tu país y todas las arengas patrióticas que hayas podido escuchar a tus mandos. No tardas en cambiar tus prioridades y ponerte por delante de todo y todos, y en poco tiempo, la supervivencia se convierte en objetivo prioritario. Yo fui hecho prisionero durante los primeros meses de contienda, cuando los Flang todavía estaban interesados en saber cosas sobre nosotros, y tuve la suerte de formar parte de un grupo al que respetaron bastante. Debido a eso, fui testigo de muchas atrocidades contra los demás humanos y descubrí también que nuestra carne les gustaba. Pasar de prisionero a mayorista cárnico para los Flang fue, a mi entender, un paso bastante lógico.
—¿Y para qué te iban a necesitar? —preguntó Luis, que había dejado ya de llorar—. Les he visto luchar desde que llegaron y he visto su potencial. Podrían ir a por nosotros cuando quisieran. ¿Para qué depender de traidores humanos para conseguir su alimento?
—Digamos que durante mi internamiento como prisionero también descubrí otro de sus pequeños secretos. Si dices que les has visto luchar, supongo que también habrás visto los aparatosos uniformes que usan. Pensábamos que eran un medio de protección, pero eran algo más: estos tipos no pueden respirar nuestro aire. Esa es precisamente la razón de que sus ciudades tengan una microatmósfera creada a imagen de la de su planeta. Por lo que puede averiguar, están tratando de transformar toda la atmósfera de la Tierra, pero van a necesitar mucho tiempo. Como puedes imaginar, compré mi libertad a cambio de un suministro continuo de carne y de guardar el secreto.
—Lo dicho, más que traidor. ¿Tenías información que podía llevar a la derrota de los Flang y la ocultaste?
—Creo que ya te he explicado lo de la supervivencia, pero te lo volveré a explicar. Tengo mis prioridades muy claras y después de sufrir derrota tras derrota, uno llega a ver bastante claro que ni ese detalle nos hubiera salvado. En pocos meses estaríamos todos muertos, y eso no entraba en mis planes. Todavía soy muy joven para morir
—¿Y yo no? —preguntó Luis entre sollozos— ¿Acaso yo no soy también joven para morir?
—No te esfuerces por intentar ablandarme, hace mucho tiempo que aprendí a no encariñarme con nadie. Además, mi madre me enseñó de pequeño que no había que jugar con la comida.
—¿Qué?
—Venga, vamos a dejarlo, que ya me estoy cansando de tanta historia y tanta explicación. Perdóname el chiste fácil. Al grano. Hay una nueva especie dominante en el planeta y ahora nosotros somos una especie inferior. Por suerte, entre los inferiores aún hay clases. Estamos los que hemos sido capaces de hacernos necesarios para los Flang y los que para ellos no sois más que simple alimento gratis. Como ya te he explicado, ellos no pueden respirar nuestro aire y por eso crearon las microatmósferas que se respiran en sus ciudades. Dependen de gente como yo para conseguir su comida especial. Pueden sobrevivir a base de pollo, cerdo o ternera como nosotros, pero nosotros somos su plato favorito.
—¿Cómo puede alguien traicionar así a sus semejantes? —preguntó Luis que ya lloraba desconsoladamente—. ¿Cómo has podido llegar a ser tan hijo de puta?
—Ya me he cansado —respondió Belfort—, que se hace tarde y se acerca la hora de comer de los Flang. Si te sirve de consuelo, creo que vas a ser el plato fuerte de una comida muy importante. Creo que viene de visita uno de los más famosos generales de su ejército.
Belfort se acercó a una pared y pulsó un interruptor. De repente, las paredes que retenían a Luis comenzaron a destellar de forma extraña. Unos segundos después, innumerables rayos salieron de ellas y fueron a entrar en su cuerpo, tras lo que perdió el conocimiento.
martes, abril 11, 2006
Capítulo 3
Este el tercero de cuatro capítulos. Como podréis comprobar es corto, más que el anterior. En principio había pensado publicarlo como un sólo capítulo y dejarlo en sólo tres, pero releyéndolo he decidio cortar a la mitad, en el momento más interesante. A veces soy un poco cruel, ¿verdad?
Media hora más tarde, Luis salía de la vieja base militar con la misma mochila que había cogido antes, pero con un contenido ligeramente distinto. A las cosas que había recogido, Belfort había añadido su bomba, que tenía aspecto de botella de Coca Cola, bebida que parecía volver locos a los alienígenas. Le había dado también las llaves de un hangar, para que escogiera un coche de los allí aparcados, el que más le gustara. Con dicho coche, se acercaría a una dirección que le había entregado, donde se encontraría con los comerciantes, quienes, para cuando él llegara, ya estarían al tanto de que quería unirse a ellos y tenía un buen cargamento de Coca Cola. Suponía que seguramente, le estarían esperando con los brazos abiertos, como así fue al final. Sólo eran tres hombres, cuando él hubiera esperado un grupo más nutrido, aunque, teniendo en cuenta que su propia ciudad estaba desierta, no le pareció tan raro.
No hubo que esperar mucho a que llegara el día de la negociación. Nada más unirse a la primera reunión de su nuevo grupo de amigos, Luis fue informado de que al día siguiente, a primera hora y sin perder un minuto, se acercarían a la ciudad Flang más cercana, donde les estaban esperando. Le extrañó un poco la prisa que se estaban dando y que nadie le hiciera ninguna pregunta, pero imaginó que en un mundo tan duro, con la humanidad herida de muerte, la burocracia había dejado de tener sentido. Se limitó a asentir a todo y en cuanto pudo, propuso organizar una pequeña “fiesta”. Entre las cosas que llevaba encima, había una botella de ron, producto extremadamente difícil de encontrar y que no gustaba a los extraterrestres. Si iba a ser su última noche vivo y la de todo el planeta, quería olvidarse de todo y coger una buena cogorza. A sus compañeros les dijo que quería celebrar su buena suerte y el hecho de haber encontrado la botella, y estos no se quejaron. El alcohol era un artículo de lujo, y nadie en su sano juicio decía que no a una invitación.
Al día siguiente, se despertó con una resaca bastante importante, debido a que la fiesta se había alargado hasta altas horas de la madrugada. A pesar de todo, el dolor de cabeza no era muy fuerte. Aparte de eso, antes de entrar en la ciudad iba a tomar un par de pastillas para evitar las migrañas provocadas por las medidas defensivas de los Flang, lo que le llevaba a pensar que tal vez la resaca también desaparecería. De todos modos, al mundo conocido le quedaban pocas horas de vida, así que una resaca más o menos no podía ser algo tan importante.
Desayunaron algo rápido y se dirigieron a la ciudad, en cuya entrada les esperaba una pequeña avanzadilla de los Flang. Luis nunca se había enfrentado cara a cara con uno de ellos, excepto con alguna que otra imagen de televisión, y la experiencia le resultó mucho más chocante de lo que jamás había imaginado. A lo largo de su vida, había conocido personas con rostros inexpresivos, pero los de aquellos tipos, si se les podía llamar así, se llevaban la palma. Sus ojos, como en las películas, eran grandes, pero ni eso les libraba de no mostrar expresión alguna. Eran pelotas negras que no decían nada, ninguna emoción. Por no decir, no decían ni en qué dirección estaba mirando su dueño.
—Buenos días —dijo Luis en cuanto llegaron al punto exacto en el que los Flang les estaban esperando—. ¿Alguien ha pedido unas cajas de Coca Cola?
Nadie respondió, cosa que no le sorprendió. Había llegado a sus oídos el rumor de que los Flang, aparte de expresividad en los ojos, también carecían de sentido del humor. De todos modos, él estaba especialmente nervioso, situación que siempre trataba de apaciguar hablando hasta por los codos.
—Vaya, parece que estamos un poco dormidos hoy, ¿no? —dijo Luis tratando de sonreír lo más posible—. Está claro que os hace falta la Coca Cola. Pero no os la bebáis toda de golpe, que la cafeína es mala.
—Creo que no le he entendido —dijo uno de los alienígenas, con la misma falta de expresividad que sus ojos ya mostraban.
—Perdone a mi amigo —dijo uno de los comerciantes. Luis creía recordar que se llamaba Marcos, pero sus recuerdos de la noche anterior aún nadaban en ron—. Es nuevo y no creo que haya tenido nunca trato directo con ustedes.
—De acuerdo —dijo otro de los alienígenas—, eso no importa. Que pase cuanto antes. No tenemos tiempo que perder en charlas.
—Vale, vale, ahora entro —dijo Luis, caminando mientras seguía tratando de sonreír y hacer bromas—. Seguro que vosotros dos sois la alegría de todas las fiestas. Deberías probar esas Coca Colas mezcladas con vino o algún licor, seguro que se os alegría un poco más el carácter.
Cuando se recuperó, su resaca había desaparecido, de la misma manera que él, que ya no estaba en la entrada de la ciudad. Se encontraba dentro de una especie de celda de cristal, o de un material muy similar. Su primera idea fue golpear las paredes con todas sus fuerzas, pero estaba claro que aquel material no era cristal, aunque lo pareciera. A pesar de ser transparente, era también duro como el acero, con lo que sólo consiguió dañarse un pie y una mano, tras lo que decidió desistir y observar a su alrededor, para ver si era capaz de descubrir dónde estaba y por qué, aunque no tuvo mucho tiempo. Antes de que tuviera oportunidad de ponerse al día, se abrió una puerta. El sitio no estaba muy iluminado, por lo que Luis no podía ver nada a más de dos metros de distancia, y menos a los cinco o seis que le separaban de la puerta. Sólo podía ver una silueta que se acercaba, aunque no tardó demasiado tiempo en ver quién era. Se trataba de su viejo amigo Belfort, que había abandonado la bata blanca y ya no se movía entre tubos de ensayo en un viejo laboratorio militar.
viernes, abril 07, 2006
Capítulo 2
Pensando en el pasado y en cómo eran las cosas antes de la llegada de los Flang, Luis comprobó que sus pies le habían llevado hasta los aledaños de lo que en tiempos mejores era una base militar americana. A esas alturas ya no era más que un edificio en ruinas, del que nadie sabía cómo no se había caído aún del todo. Luis atribuyó el “milagro” al blindaje o tal vez sólo a la casualidad. De hecho, era extraño encontrar en pie construcciones tan altas como esa. En la era “post-Flang” lo más habitual era encontrar chozas baratas y mal construidas, por lo general por gente que apenas tenía con qué sobrevivir.
Llevado por una curiosidad un tanto morbosa, Luis decidió adentrarse en las instalaciones de la base, que carecían ya de puertas, verjas o cualquier otra medida disuasoria que impidiera entrar a quien quisiera. Siempre había vivido muy cerca de la base y apenas se había preocupado de mirarla un par de veces desde lejos, así que supuso que nada podía pasar si entraba y echaba un vistazo. Total, si el edificio se caía o alguna nave Flang despistada decidía terminar de destrozarlo, casi sería mejor para él. La pesadilla habría acabado.
Como ya esperaba, la entrada no presentaba ninguna medida de seguridad. Los animales de compañía escaseaban en aquellos tiempos, así que tampoco encontró “vigilancia animal”. Todo estaba justo cómo esperaba, deshecho o simplemente olvidado y con una gran capa de polvo. Los supervivientes de la zona habían hecho su agosto en la zona y no habían dejado ni las grapadoras. Poco había que ver, salvo alguna que otra rata, que eran de los pocos animales que aún se veían por doquier, y unas pocas máquinas que seguían funcionando, aunque todas estaban esperando que alguien pulsara un botón, moviera una palanca o tecleara algo. Luis pensó en salir sin más de allí y no seguir adelante, pero su curiosidad pudo con él. Ese complejo militar tenía seis edificios, y ninguno de ellos era pequeño. Además, ya no contaba con el dinero de su familia, en otros tiempos bastante adinerada, ni un banco al que pedir préstamos, por lo que se había visto obligado a sobrevivir dependiendo de la suerte y de si conseguía encontrar objetos abandonados, o comida olvidada en la nevera de alguien que hubiera dejado de existir. No tenía nada mejor que hacer, por lo que decidió seguir curioseando.
Al cabo de un par de horas había hecho ya un buen botín. Había cogido una gran mochila, seguramente olvidada por un soldado que no tuvo tiempo para huir o que huyó antes de no tener tiempo para hacerlo, y la había ido llenando con todos los objetos mínimamente interesantes que había ido encontrando. No era como para pensar en hacerse rico, pero sí para sobrevivir durante unos pocos meses. Alguno de los objetos que había encontrado eran muy escasos en la sociedad humana de posguerra, lo que le aseguraba hacer buen negocio. Los negocios entre humanos estaban prohibidos, y estaban obligados a tratar siempre con los Flang, aunque por mucho menos dinero. Llevaba consigo objetos muy valorados y en gran cantidad, así que decidió que era hora de volver a casa, o lo poco que aún quedaba de ella, y esconder el botín. Aún estaba recreándose en su suerte y su desbordada mochila, cuando oyó un extraño ruido en que hasta el momento no había reparado. Parecía provenir del piso superior, en el que suponía que no podía haber nadie. Había intentado acceder antes a ese piso, pero se había encontrado con que la escalera estaba totalmente destruida y que el ascensor no parecía funcionar. Por un momento, pensó en olvidar todo y seguir con el plan, pero la curiosidad pudo otra vez con él y no pudo evitar el impulso de buscar otra forma de acceder al piso superior.
—No te molestes en buscar otra escalera —dijo una voz proveniente del piso superior—, están todas destrozadas. El ascensor funciona, pero vas a necesitar una tarjeta de acceso. Parece que estos militares eran muy buenos poniendo medidas de seguridad y los ascensores son de las pocas cosas que han permanecido intactas. Espera ahí, que te lanzo mi tarjeta.
Luis miró arriba y pudo ver que la voz pertenecía a un hombre, de unos cuarenta años, que vestía una bata blanca y llevaba un portafolios en la mano. El hombre metió la mano en un bolsillo y sacó una tarjeta que lanzó hacía donde él se encontraba. Luis dejó la mochila en el suelo, agarró la tarjeta al vuelo y se dirigió al ascensor sin pensar. La curiosidad era ya insoportable. El ascensor tardó unos pocos segundos en subir, y Luis pudo encontrarse de frente con el misterioso personaje, que de cerca presentaba un aspecto bastante lamentable.
—¿Quién es usted? —dijo Luis.
—Me llamo Ricardo Belfort—dijo el hombre misterioso—. Trabajaba aquí como médico e investigador.
—Entonces, ¿también ha venido a ver si encontraba alguna cosilla aprovechable? Yo he encontrado unas cuantas cosas que me van a dar de comer durante un par de meses por lo menos.
—Te equivocas, amigo —dijo Belfort—, yo sigo trabajando aquí.
—¿Qué? Hace meses que nadie trabaja aquí, eso lo sabe todo el mundo.
—Bueno, todo el mundo no lo sabe. Aunque si te digo la verdad, me preocupaba más que no se enteraran esos que no son de este mundo.
—¿Qué?
—Los Flang, atontado, los Flang, que parece que sólo sepas poner cara de tonto. Llevo trabajando desde el principio de la guerra, buscando una manera de derrotar a esos cabrones, y creo que por fin hemos dado con ella.
—¿Qué?
—Oye, ¿tienes alguna otra palabra en tu vocabulario? Ya me estoy cansando de oírte preguntar siempre lo mismo.
—Vale, de acuerdo, pero no me negarás que suena tan inverosímil como aquellos mensajes piratas que la resistencia metía en televisión. Siempre decían que tenían el arma definitiva o que la victoria estaba cerca. Hasta entonces, nunca había oído la expresión “supremacía humana”, y te puedo asegurar que llegué a cansarme de oírla tantas veces.
—¿Y si te dijera que esta vez es la definitiva? ¿Y si te dijera que ahora podríamos eliminar a los Flang de un plumazo?
—Te diría que ya estás tardando en hacerlo. Si es verdad que tienes la solución para eliminar a los Flang, ¿por qué no se ha puesto todavía en práctica?
—Porque es difícil, amigo, muy difícil. Posiblemente la decisión más dura que ningún humano haya tenido que tomar jamás.
—¿Y eso por qué? ¿Acaso hay que destruir el planeta entero para poder destruirlos?
—Precisamente eso.
—¡Tú estás loco! —exclamó Luis con cara de sorpresa.
—Ojalá fuera así, pero no puedo mentir. Deja que te ponga en antecedentes. Al principio de la guerra, cuando aún no era una guerra de guerrillas y todos los ejércitos del mundo trataban de plantar cara a los invasores, me encargaron buscar su punto débil. Al principio contaba con un equipo de treinta personas, de las que ya sólo quedo yo. Durante todo el tiempo, la investigación se mantuvo en secreto, lo que nos libró de ingerencias por parte del enemigo o de la opinión pública humana, que sólo nos hubiera retrasado. Durante los primeros meses, cuando nuestros ejércitos todavía eran capaces de plantar cara, se logró, con mucha suerte, capturar uno de los pequeños cazas Flang, y nos encomendaron la tarea de averiguar todo lo que pudiéramos sobre él, aunque la prioridad era descubrir cómo destruirlos. Intentamos de todo, pero ningún material de la Tierra parecía afectarle, y colarse en sus ordenadores para inocular un virus informático en el sistema era una opción que dejábamos para las películas. Al final, cuando ya estábamos completamente desesperados, se decidió tirar la casa por la ventana y someter la nave a una explosión nuclear. Como en tiempos pasados, se escogió un pequeño archipiélago formado por tres islas deshabitadas y colocamos allí la nave y una bomba de varios megatones.
—¿Y qué paso? —interrumpió Luis.
—¿Te puedes creer que la jodida nave resistió la explosión? Al principio nos quedamos anonadados y no hacíamos más que tirarnos de los pelos, pero en poco tiempo, la situación cambió. Nada más descontaminar la nave, empezamos a estudiarla de nuevo y vimos que la estructura se había debilitado. No lo suficiente para destruirla, pero sí para hacer unos pocos rasguños. Nuestras siguientes órdenes fueron calcular la magnitud de la explosión que haría falta para destruir esa nave. Lo malo fue que descubrimos que una explosión así no sólo destruiría la flota Flang, sino que también reduciría el planeta a polvo cósmico. Para conseguir la potencia necesaria, tendríamos que juntar el uranio enriquecido de nuestras bombas con las células de energía de una nave Flang, que tienen gran potencia. Por suerte, el blindaje de la nave que intentamos destruir nos libro de comprobar este hecho antes de tiempo, aunque debo reconocer que ahora eso da igual.
—Entonces supongo que el plan se paralizaría, ¿no? —preguntó Luis.
—Me gustaría decirte que así fue, pero no te voy a mentir. Al principio, se decidió aparcar el tema y parecía que no se iba a usar la información que habíamos obtenido, pero hacia el final de la guerra, cuando ya dábamos todo por perdido, se decidió seguir adelante. Como diría un marido celoso, “si el planeta no podía ser nuestro, no sería de nadie”.
—Venga, ya está, ya hemos jugado bastante. Si no fuera por todo lo que ha pasado en los últimos años, ahora mismo te preguntaría dónde está la cámara oculta y cuándo voy a salir en televisión.
—No es ninguna broma. Créeme, nada me gustaría más que poder decirte que era todo mentira o un simple chiste. Es más, necesito tu ayuda. Necesito que alguien haga de terrorista suicida, y estoy desesperado.
—Sí hombre, en eso estaba pensando yo precisamente. ¿Y se puede saber por qué no lo haces tú mismo?
—Ojalá pudiera, no dudes que lo haría. Esa es la segunda parte de la investigación y la que a mí, como médico titulado, me correspondía. Además de buscar maneras de derrotar a los Flang en su propio terreno, también nos encargaron dar con un sistema para hacer frente a sus armas bacteriológicas.
—He oído hablar de eso. Pero me han dicho que no es nada y que sólo producen algo de dolor de cabeza. ¿Para qué tanto tío entonces?
—Porque no es sólo un simple dolor de cabeza. Los Flang son grandes expertos en todas las ramas de la ciencia y no tardaron mucho en mejorar nuestras técnicas. Al principio de la guerra, nos dimos cuenta de que ellos no estaban familiarizados con la guerra bacteriológica, por lo que se decidió usar ese conocimiento en nuestro provecho. Buscamos con ahínco cualquier virus, bacteria o sustancia química inocua para nosotros y que pudiera derrotar a los Flang, pero no fuimos capaces de dar con nada que les provocara más que un simple resfriado. Por desgracia, ellos fueron observando y aprendiendo, y no pasó mucho tiempo antes de que tuvieran éxito en lo que nosotros habíamos fracasado. Se dedicaron al cultivo bacteriológico de unos microorganismos que se encuentran en sus cuerpos, de una forma muy similar a nuestra “flora intestinal”. Hicieron varias pruebas y descubrieron que para nosotros eran mortales de forma fulminante, así que decidieron “suavizarlas” un poco. Las modificaron genéticamente y lograron que no fueran tan mortales. Una exposición breve, de no mucho más de una hora, te deja un fuerte dolor de cabeza que dura un tiempo, pero una exposición más prolongada es mortal de necesidad, aparte de ser una muerte lenta y dolorosa.
—Bien, pero sigues sin responder a mí pregunta de antes. Si tienes un remedio contra las armas bacteriológicas de los Flang, ¿cómo es que no vas tú mismo en persona Si todos vamos a morir cuando tu bomba estalle, ¿qué más da si vas tú?
—Deja que te lo explique. Durante bastante tiempo, la investigación fue rápida y bastante exitosa. Teníamos un montón de cobayas, entre todo tipo de animales domésticos y de laboratorio, pero no duraron mucho. Supongo que estarás al tanto de que apenas quedan ya animales de compañía en el planeta, entre los que murieron a manos de los Flang, que ni se molestaron en averiguar si eran peligrosos para ellos antes de matarlos, y los que terminaron perecieron de hambre o porque ya no eran capaces de valerse por sí mismos. Cuando ya era casi imposible continuar las pruebas con animales, decidí que pasaría directamente a probar mis experimentos con humanos. Mis compañeros ya habían muerto o desaparecido a causa de la guerra, así que sólo quedaba yo para hacer de cobaya humana, aparte de que no quería implicar a nadie más. Las primeras pruebas fueron prometedoras, pero no suficientes. Gracias a que aquí todavía quedaba material muy interesante, logré infiltrarme en una sociedad que comerciaba con los Flang y pude entrar en una de sus ciudades, protegida por una especie de microatmósfera dominada por las jodidas bacterias estas. Mi remedio, que se administra en forma de pastillas, funcionó, pero no como yo hubiera deseado. El dolor de cabeza apareció, no tan intenso como en el caso de un humano no tratado, y sólo duro un día. Estaba en el buen camino, así que seguí probando. Hace un par de meses estaba ya a punto de conseguir dar con la dosis perfecta de principios activos, pero tuve que dejarlo, después de que estuve a punto de morir tras mi última prueba. Mi cuerpo no puede admitir más productos químicos, como si estuviera al borde de la sobredosis. De hecho, me estoy muriendo poco a poco, y no creo que dure mucho más. Calculo que no duraré más de medio año.
—Genial, y supongo que pretenderás que yo me tome un cóctel de pastillas que podría matarme, ¿no?
—No, eso no pasará. Yo tuve que abusar de las pastillas para probar su eficacia y por eso estoy así, pero eso no te pasará a ti. Estoy seguro de que estas pastillas son las definitivas.
—Llámalo intuición, pero creo estar entendiendo que no has probado esas pastillas in situ, ¿no?
—Como comprenderás, las convulsiones causadas por la sobredosis no me dieron muchas oportunidades de andar para ir a una ciudad Flang. Pero estoy seguro de que tienen que funcionar.
—No sé, no lo veo nada claro. Yo nunca he sido un héroe y gracias a eso he llegado hasta aquí. He logrado sobrevivir a los Flang volando por debajo del radar y no dejando que me vieran, y no creo que esta sea una buena idea.
—¿Volando debajo del radar? ¿Y eso cómo? No creo que exista nadie que haya podido hacer algo así, con tanto control por parte de los Flang.
—¿Control? ¿Qué control?
—Pues cuál va a ser, este —dijo Belfort mientras levantaba la manga derecha de su bata y dejaba ver una pequeña herida—. Desde que todos tenemos implantado este maldito chip, no hay nadie que no esté controlado.
—Te equivocas —respondió Luis mientras él se levantaba también la manga—, yo no lo estoy
—¿Cómo puede ser eso? —preguntó Belfort mientras observaba con sorpresa el brazo del Luis.
—Digamos que he tenido suerte. Mi familia siempre tuvo un gran patrimonio, lo que nos permitió gozar siempre de unas cuantas excentricidades. Mi padre siempre estuvo obsesionado con las guerras, y sobre todo con la amenaza nuclear, lo que le llevó a construir un gran refugio nuclear, que sólo él y sus más allegados conocíamos. He pasado el último año y medio encerrado en el refugio y estoy seguro de que los Flang no tienen conocimiento de su existencia. Mi padre pagó mucho dinero a quien lo construyó para que nadie conociera la ubicación del refugio o que existía. Hoy mismo he decidido salir por primera vez. Sabía que la mitad del país está deshabitado, y no creía que pudiera encontrar a nadie, humano o Flang.
—¿Pero no te das cuenta? ¿No ves que eres la persona perfecta para entrar en una ciudad Flang?
—Seguro, y moriría en cuanto alguien comprobara mi chip. La muerte más rápida de la historia.
—Eso déjalo en mis manos. Creo que puedo extraer mi chip y ponerlo en tu brazo. Los Flang confían tanto en la infalibilidad de sus chips que no guardan registros de la gente que va a sus ciudades ni imágenes u otros detalles que identifiquen a cada humano y no estén en el propio chip. Podrías ponerte le chip de una rubia sueca estudiante de intercambio y no se darían cuenta.
—Sigo sin verlo claro. Como cualquiera, deseo que los Flang nos dejen en paz, pero no sé qué pensar. Me ha ido muy bien usando la táctica del avestruz y no me apetece asomar la cabeza para que alguien me la corte.
—Tú sígueme, que creo que tengo algo que puede hacerte cambiar de opinión.
Belfort empezó a andar y Luis le siguió sin hacer preguntas. Le siguió por varios pasillos hasta que llegaron a una sala pequeña, que en tiempos mejores debió de ser una sala de reuniones, ya que contaba con un proyector y una gran pantalla blanca, además de unas cuantas sillas y una mesa, en la que había una máquina de café tan mohosa que se notaba que llevaba años sin usarse. Belfort rebuscó en una estantería, mientras Luis se apoyaba en el marco de la puerta, hasta que se giró con una cinta de vídeo en la mano.
—¿Ahora nos vamos a poner a ver películas antiguas? —dijo Luis sonriendo— ¿Algunas vacaciones familiares?
—Siéntate —respondió Belfort de forma inexpresiva, mientras clavaba una mirada de reproche en los ojos de Luis—. Lo que vas a ver es verídico y muy serio. No es ningún chiste.
Luis hizo lo que le decían y se sentó sin decir nada, actitud que mantuvo durante toda la proyección, aunque en más de una ocasión tuvo que reprimir algún que otro grito de sorpresa.
La grabación no era un día de playa ni una excursión al campo, sino algo mucho más duro y difícil de digerir. Era una larga serie —cerca de dos horas— de grabaciones varias hechas por la resistencia durante los más de dos años de contienda con los Flang. Muchas escenas eran de batallas, pero la mayor parte reflejaban, de forma pirata y arriesgada, las barbaridades que los Flang cometían contra los humanos más desfavorecidos. Como si fuera el protagonista de “La naranja mecánica”, Luis tuvo que aguantar las dos horas de película, dura como pocas, sin rechistar. En cuanto se acabó y Belfort hubo encendido ya las luces, Luis tenía muy claro lo que iba a hacer: iba a mandar a los Flang al otro barrio, aunque eso implicara la destrucción de todo el mundo conocido.
—De acuerdo, ¿cuál es el plan? —dijo Luis con la voz entrecortada, por el enfado y unas incipientes lágrimas que trataba de evitar.
—Es muy sencillo —respondió Belfort—. Conservo parte del material con el que pensaba comerciar con los Flang, y eso debería bastarte para entrar en una ciudad. De mis amigos comerciantes me encargo yo. Les he hecho ganar mucho y viven de una manera bastante desahogada desde que me conocen, así que no creo que me pongan pegas cuando les diga que mi hermano pequeño quiere unirse a ellos. No deberás contar a nadie la verdadera naturaleza de tus intenciones, sospecho que algunos pueden ser colaboracionistas. Y por cierto, hermano pequeño, aún no sé como te llamas.
—Me llamo Luis Heredia.
sábado, abril 01, 2006
Capítulo 1
INVASIÓN
Había pasado ya un mes desde el final de la guerra, y Luis se sabía ya único superviviente de su ciudad. Le había bastado una semana de paseos para llegar a esa conclusión, tras no haber encontrado a nadie, ni siquiera cadáveres. Este último detalle resultaba bastante intrigante, pero supuso que sería la consecuencia de librar una dura batalla con una raza extraterrestre tan meticulosa como los Flang. Suerte que él tenía un buen escondite.
Todo había empezado trece años antes, con un extraño mensaje captado por la NASA. Según los científicos más eminentes del planeta, era una serie de unos y ceros —algún matemático alienígena debió de pensar que el sistema binario tendría que ser fácil incluso para la poco desarrollada inteligencia humana— que daba a entender que un gran grupo de refugiados se dirigía a la Tierra. Al contrario que en otras ocasiones, las autoridades fueron incapaces de ocultar el mensaje. Al parecer, los alienígenas habían querido asegurarse de que llegara y lo habían enviado por multitud de frecuencias y con gran intensidad, lo que propició que fuera captado por cualquiera que tuviera un mínimo equipo de recepción, aunque se tratara de una simple antena parabólica individual comprada en un rastrillo. En menos de doce horas, el mensaje había sido descifrado por millones de personas, que exigían a sus gobiernos que decidieran qué iban a hacer. El mensaje era un vídeo, en el que los alienígenas, en varios idiomas de la Tierra, explicaban que su planeta había empezado a sufrir los estragos de una debacle natural y que necesitaban un nuevo hogar. Las imágenes mostraban un planeta devastado, plagado de volcanes activos de todos los tamaños, donde los cadáveres de apilaban por decenas. Según sus propias palabras, los supervivientes eran diecinueve millones, que llegarían en varias naves, a intervalos de una semana. Puntualizaban que eran naves muy grandes, capaces de trasladar a casi un millón de individuos, por lo que todas ellas se posarían en alguno de los diversos mares y océanos del planeta.
La ONU se reunió en menos de una semana, ante la gran presión que ejercían los medios de comunicación y las asociaciones ciudadanas de todo el mundo, que habían empezado a especular hasta niveles insospechados. Los más avezados habían empezado incluso a aprovechar todo tipo de aparatos de comunicación y no habían perdido la oportunidad de mandar sus propios mensajes de respuesta al espacio, a pesar de que en la mayor parte de los casos, ni siquiera sabían hacia dónde debían apuntar. En pocos días habían surgido multitud de iniciativas populares que hubieran hecho palidecer a la más organizada de las sectas. A lo largo y ancho del planeta se juntaban decenas de personas que unían sus escasos aparatos de comunicación, desde radios antiguas hasta las más caras parabólicas, con la idea de contactar con los “visitantes”, a pesar de que no sabían ni dónde estaban ni por dónde se acercarían a la Tierra.
Si poner de acuerdo a un grupo de más de veinte personas puede resultar difícil, mucho más resultó hacerlo con casi doscientos países, entre los que los había de todo tipo, desde pequeños y pacíficos, hasta grandes potencias mucho más beligerantes. El Consejo General de la ONU llegó a firmar un acuerdo, pero era tan vago y genérico que apenas cubría una docena de puntos, los únicos en los que lograron coincidir. Mientras la mayor parte de la población mundial esperaba a los refugiados con gran ilusión y esperanza, sus dirigentes se mostraban mucho más recelosos, aunque una gran parte de gobiernos sí llegaron a contagiarse de la ilusión de sus ciudadanos. Eso fue precisamente lo que provocó que el documento final, y por ende el compromiso entre todas las naciones, fuera tan pobre. Acordaron que, al menos al principio, darían el beneficio de la duda a los visitantes —las imágenes de devastación del vídeo les habían resultado especialmente emotivas—, pero ninguno, salvo pequeños países que nunca se habían metido con nadie, dejó de mostrarse receloso en mayor o menor medida.
El narrador del vídeo no especificaba ningún punto concreto para el amerizaje de las primeras naves, por lo que los preparativos físicos propiamente dichos fueron imposibles, lo que a su vez provocó que pillaran de sorpresa a todo el mundo. Las dos primeras naves, grandes como campos de fútbol, llegaron diez años después, en una soleada tarde de verano, que dejó de ser soleada en unas pocas horas, justo después de que de cada nave salieran cientos de pequeñas naves, parecidas a aviones a reacción de pequeño tamaño. Arrasaron con todo lo que encontraron a su paso y ninguna defensa terrestre pudo hacerles frente. Las defensas llevaban preparadas prácticamente desde el momento en que se recibió el vídeo, pero habían pasado ya diez años y la gente había comenzado a olvidarse. Eso mismo debió de ocurrir a los responsables de las bases aéreas, portaaviones y demás instalaciones que debían mantener la alerta continua. El olvido, el cansancio y la rutina se apoderaron de sus vidas hasta el punto de impedirles reaccionar a tiempo en cuanto los alienígenas comenzaron el ataque. De todos modos, y como más tarde se sabría, ni mil millones de aviones hubieran podido con las naves invasoras, a años luz —y no sólo de distancia— de la nave más moderna de la Tierra. La guerra duró cerca de seis meses, todo lo que los ejércitos desplegados pudieron resistir. La rendición fue incondicional y absoluta, a cambio de que los invasores respetaran las vidas de los pocos que aún quedaban. El planeta Tierra pasó a llamarse Flangdaard, que al parecer era el nombre del planeta natal de los Flang, los nuevos propietarios. Las imágenes de devastación del vídeo eran ciertas, pero las pacíficas intenciones de los “refugiados” resultaron no serlo tanto.
Como en cualquier otra guerra, la rendición dio paso a la resistencia, organizada de mala manera por guerrillas que o bien no sabían lo que hacían, o bien lo sabían, pero se vieron superadas, tanto en efectivos como en tecnología y preparación. No sólo daba la impresión de que los Flang estaban más preparados, sino que también parecía como si llevaran siglos haciendo lo mismo. El caso es que el único grupo de resistencia humana mínimamente organizado desapareció a los dos años de lucha. Pudieron sobrevivir tanto tiempo gracias a que los Flang no parecían estar habituados a las tácticas de la guerra de guerrillas. De todas formas, eran lo suficientemente avanzados e inteligentes como para aprender rápido, lo que a la postre dio con la definitiva derrota humana.
miércoles, marzo 29, 2006
Sólo un saludito
Hasta la próxima, que espero que sea mañana (hoy) mismo.
sábado, marzo 18, 2006
La isoportable lentitud del ser... escritor
No me cansaré de decir a todo el mundo que en los últimos años he aprendido a ser más paciente y he llegado a acostumbrarme a los largos periodos de espera impuestos por los premios literarios o las comisiones de lectura de las editoriales, pero a veces, se llega a hacer un poco desesperante.
Hace poco supe que no había ganado otro de los premios literarios a los que me presenté el año pasado, por lo que puedo concluir que he hecho pleno, seis de seis. No voy a negar que en ocasiones uno llega a olvidarse de esas cosas (no en vano entre que mandas un manuscrito y se falla el concurso pasan siempre al menos seis meses), pero a veces, sobre todo cuando lo has intentado mucho y sin éxito, puede llegar a desesperar. Aunque parezca mentira, creo que en el tiempo que llevo escribiendo este blog, mis textos (aunque los que aquí he publicado son sólo una pequeña parte de lo he escrito últimamente) han sido leídos por mucha más gente que antes. De hecho, cuando uno se ha presentado a tantos premios literarios y ante tantas editoriales, acaba pensando si los manuscritos no acabarán en realidad de la misma manera que los curriculums a veces, es decir, directamente en el cubo de la basura sin que nadie los haya leído.
Supongo que tendré que seguir armado de paciencia, labor para la que ayuda mucho el hecho de divertirme escribiendo. Si esto fuera un trabajo o una obligación, es probable que ya me hubiera tirado por una ventana o a las vías del tren. Paciencia, sólo paciencia.
En estos momentos estoy escribiendo un relato corto que en breve espero tener colgado tanto en este blog como en yoescribo.com. Espero que os guste.
Nos vemos.
viernes, marzo 10, 2006
Hoy toca texto
NOVELA BARATA
Su reloj marcaba las siete de la tarde, y Andrés miró al suelo, sin terminar de creerse lo que parecía que acababa de hacer. A sus pies, yacía el cadáver de un hombre, de cuya muerte se acordaba a duras penas. Conservaba la sensación de ser el culpable, pero su mente parecía tratar de olvidarlo, y era evidente que lo estaba consiguiendo.
Hizo un esfuerzo y empezó a recordar. Todo había comenzado esa misma mañana cuando iba, como cualquier día o cualquier ciudadano, a su trabajo. Un día normal en un trabajo, de comercial de telefonía móvil, tan normal como cualquier otro, y tan anodino como el que más. Iba en el metro, con la compañía de la rubia con la que coincidía todos los días y a la que no quitaba ojo, y una de sus habituales novelas policíacas baratas, que devoraba con fruición desde los diez años mientras imaginaba que era el duro policía o el despiadado criminal protagonista. Alternaba entre páginas del libro y miradas furtivas a la rubia, convencido de que ésta hacía lo mismo, lo que le hacía sentirse tremendamente atractivo.
Todo siguió como cada día. El metro llegó a su destino, que era también el de la rubia, y salieron como siempre. Andrés estaba ya acostumbrado a la rutina, ir detrás de la rubia sin quitar ojo de su culo, otra de sus pequeñas obsesiones. Sucedía como siempre, hasta que ella se dio la vuelta. Andrés reaccionó para no acabar aplastándola, pero no pudo evitar el contacto directo. La rubia, que resultó llamarse Lucía, le agarró con fuerza de los brazos y empezó a hablar sin parar, casi sin tiempo para respirar. Le contó que era consciente de las miradas que, desde hacía meses, intercambiaban a diario en el metro. Después de eso, que llenó a Andrés de una inusitada alegría, ante el hecho de que su imposible amor platónico fuera menos imposible de lo que creía, pasó a pedirle ayuda, y no para una tontería. Afirmaba estar en peligro, perseguida por, según ella, un esbirro a sueldo de su ex novio, un hombre violento con el que no había quedado como amiga tras la ruptura. Andrés asistió a la explicación como vaca mirando pasar el tren, con cara de tonto y asintiendo como si se enterara de todo. Entre que la mujer de sus sueños le hablaba, y se sentía como el protagonista de una de sus novelas baratas, estaba en la gloria, flotando en una nube.
Su reloj marcaba las ocho de la noche y él ya no flotaba. A sus pies, yacía el cadáver de un hombre, de cuya muerte se acordaba a duras penas. Recordaba a una mujer rubia. A lo lejos, oía un coche de policía.
sábado, marzo 04, 2006
Una nueva reflexión
Buenas tardes a todos.
Como otras tantas veces, he decidido hacer un alto en la escritura para escribir algo en el blog. Hay que ver qué frase más ilógica me ha quedado: dejar de escribir para escribir.
Desvaríos aparte, me apetecía compartir con el mundo una reflexión que hace tiempo que me ronda la cabeza, desde que decidí lanzarme al mundo de la escritura creativa, aunque, aunque entonces no sabía si iba a ser sólo para mi propio disfrute o iba a compartir con el mundo.
Siempre he leído bastante, y desde que yo mismo quise empezar a escribir, empecé también a leer mucho más de lo que hay online, publicado por gente que comparte sus historias de forma desinteresada en multitud de portales destinados al efecto o en páginas personales, como podría ser este blog desde el que os saludo de vez en cuando. El caso es que, leyendo todas esas páginas, siempre me viene a la cabeza la misma pregunta: ¿cómo puede haber tanto talento oculto sin que nadie repare en él?
Mucha gente comparte, como ya he comentado, sus textos de forma desinteresada, pero hay muchos otros autores desconocidos que podrían sacar los colores a muchos de los más asentados, que en muchos casos lo son porque venden más, no porque escriban textos mejores o más interesantes. De hecho, no hace falta más que ir a cualquier librería, buscar el best seller de turno y ver cómo el nombre del autor se imprime en una letra tres o cuatro veces mayor que el título.
No quiero que esto parezca una simple reivindicación gratuita, pero no puedo dejar de hacer el comentario. No voy a decir que yo sea mejor o peor que los habituales vendedores de best sellers, ni voy a opinar sobre qué portal literario es mejor que los demás, pero, sabiendo que Internet ofrece la posibilidad de difundir la cultura de forma fácil, ¿por qué no la aprovechamos? Hablando de estos temas con otra gente y leyendo diversos artículos, siempre he oído las mismas frases: "La literatura es un negocio"; "Hay que buscar también la rentabilidad". Si esto es cierto (que no digo que no lo sea, pero no deja de ser triste), ¿por qué ni siquiera las editoriales pequeñas tratan de aprovechar Internet? Internet es el perfecto agente literario: llega a todo el mundo, a todos los editores de todos los países, y no se queda con un porcentaje de las ganancias de nadie. Siendo así, sigo sin entender cómo es posible que sólo un puñado de los autores que publican en Internet, acabe viendo sus obras en papel. No nos vamos a engañar, está claro que todos preferimos leer en papel antes que en una pantalla de ordenador, y, por mucha tecnología que nos rodee, nada hay más bonito que ver en papel y tapa dura esas historias que habías imaginado en tu cabeza.
Y, por favor, que nadie me hable de la autoedición, que es la respuesta fácil a las preguntas que planteo. No podéis ni imaginar la cantidad de "editorzuelos" que hay por ahí fuera vendiendo contratos de autoedición camuflados. Pero eso es otra historia, que, de hecho, ya os conté hace poco.
P.D.: Gracias a los que me estáis visitando (al final he optado por el contador de visitas, que funciona muy bien), pero me gustaría pediros un pequeño favor: aparte de ver si alguien me visita o no, agradecería si también comentarías lo dos relatos que he dejado en el blog últimamente. Una de mis motivaciones para emprender esta labor fue dar a conocer las cosas que escribo, pero de poco me sirve si nadie las comenta. Y por supuesto, si tenéis que darme caña y criticarme, hacedlo.
martes, febrero 28, 2006
Toc toc
Bueno, como ya habréis imaginado, lo único que pido es que los que leáis habitualmente estas líneas (si alguno hay), dejéis un comentario de vez en cuando. No es que os pida vuestra vida y milagros, me basta con un simple "¡eh tú!" o cualquier tontería.
Sé que podría poner un contador de visitas y salir de dudas más fácilmente, pero también me parece una forma bastante más fría e impersonal de hacer las cosas. Siempre es más bonito recibir un saludo que un número más en un contador.
Pues nada más, eso es todo por hoy. Es un poco tarde y creo que es hora de que me vaya a la cama.
sábado, febrero 25, 2006
Nuevos intentos
El primero es un relato corto, escrito expresamente para el concurso al que ha sido presentado. Nunca he sido muy amigo de escribir algo expresamente para un concurso, pero el tema (relatos cortos de género negro) me resultó muy atractivo. A lo largo de los años que llevo escribiendo, he escrito un par de veces con la idea de presentar lo escrito a un concurso concreto, y nunca me he sentido muy a gusto con el resultado, aunque no por no haber ganado. En todos los casos sentí que los textos salían demasiado forzados, y nunca me sentí muy orgulloso de ellos. Parece que esta vez la cosa ha salido un poco mejor, aunque sigue sin gustarme escribir así, como si fuera por obligación. Supongo que el hecho de que la temática fuera atractiva, ayudó a que el texto fuera de mayor calidad.
El segundo texto es la primera novela que escribí, hace casi cuatro años. Aunque pueda parecer raro, de todos mis textos, es el que menos se ha movido, a pesar de ser el más veterano. Es una novela muy larga (el manuscrito ocupa más de quinientos folios a doble espacio) y no es fácil de publicar, sobre todo para alguien sin experiencia previa. Por esa razón, sólo la han visto en un par de editoriales y en un concurso, justo al que la acabo de presentar. Espero que el jurado no se aburra antes de terminar de leerla. Es una novela de intriga y aventura (lo que en el cine llamarían un "thriller") con ciertos toques fantásticos.
Y para terminar, he presentado otra novela, esta vez más corta, a una editorial. Es una de las dos editoriales que leyeron mi primera novela en su momento y, aunque no la aceptaron, me dieron "buenas vibraciones". Fueron muy amables y me dijeron que la novela no encajaba dentro de su línea editorial, pero que no dejara de enviarles otros textos que tuviera. Sé que en muchos casos, esa es la respuesta estándar y que luego en realidad no te hacen caso, pero he de reconocer que me gustó la editorial. Su filosofía era interesante y se molestaron en contestar, cosa que se agradece mucho. Tardaron entre dos y tres meses en responder, lo que más o menos se acerca a lo que se podría denominar como un "periodo aceptable". Sólo espero que esta novela les resulte más atractiva. Es más corta y creo que tiene la suficiente calidad, aunque esto último sólo lo pueden corroborar de momento dos amigos que la han leído. Tiempo al tiempo. Por cierto, también es una novela de intriga, con todos sus misterios y asesinatos incluidos.
Pues bueno, eso eso eso, eso es todo amigos.
jueves, febrero 23, 2006
Otro relato más
En este caso, se trata de un pequeño relato de humor negro (o negruzco, depende de opiniones) de 3 páginas que escribí hace un par de años. Durante unos pocos meses, estuvo disponible en otro portal literario (cuyo nombre no quiero citar, para no tener que ponerles a bajar de un burro) del que sus responsables lo eliminaron sin previo aviso y sin darme una explicación, a pesar de que varios usuarios de dicho portal me habían felicitado por él.
Pues nada, aquí os dejo este texto, del que siempre me he sentido especialmente orgulloso. Como curiosidad (y sin ánimo de echarme flores) os diré que la idea se me ocurrió en unos minutos, lo redacté en una hora, y lo corregí en media. Puedo aseguraros que fueron dos horas muy productivas (tranquilos, no lo escribí y corregí el mismo día).
ODIO TAIWAN
Odio Taiwan. Y bien, ¿no vas a preguntar por qué? No te preocupes, que yo mismo te lo cuento. Supongo que también te preguntarás qué puede contarte este viejo andrajoso que te habla, pero has de saber que yo antes no era así.
Hace muchos años, yo era uno de los más importantes empresarios circenses de este país y, junto con mi hermano Juan, dirigía el circo de los hermanos Benítez, que siempre había sido famoso por sus entretenidos y sorprendentes números con animales. No éramos los más grandes ni los más espectaculares, pero teníamos nuestro público fiel. Hasta el día en el que todo se fue al garete. En realidad, todo empezó un par de meses antes, por lo que comenzaré desde el principio.
Era un día cualquiera, sin nada especial. La temporada de verano había terminado un mes antes y yo estaba de viaje buscando sitios donde actuar desde la primavera siguiente. La campaña veraniega no había sido especialmente benévola, por lo que iba en tren para ahorrar algo de dinero. Aquel día, durante mi enésimo viaje, vi como se acercaba hacia mí uno de esos gitanos que pueden intentar venderte desde un paquete de pañuelos de papel hasta el último número de Playboy. Mi intención inicial era ignorarle, pero hizo algo que provocó que cambiara de opinión de forma radical. Se paró ante mí y, sin darme tiempo a decir que no quería nada, me dijo que veía en mis ojos que trabajaba en un circo y que tenía algo que podía interesarme y que nadie antes había visto.
La sorpresa me dejó mudo y no pude más que observar con rostro anonadado mientras el gitano colocaba junto a mí una vieja caja de puros. Sacó de ella una diminuta pizarra, y tras ella salió lo que parecía ser uno de esos hámsters que pasan la vida dando vueltas como tontos dentro de una rueda y que tanto gustan a los niños. Sin que el gitano dijera nada, el hámster se irguió sobre sus patas traseras y pude ver que sujetaba una diminuta tiza con las delanteras. El animal se acercó a la pizarra y empezó a escribir "Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela", momento en el cual dije sin pensar que lo quería. Esto supuso una ardua negociación, pero al final conseguí llegar a un precio que consideraba justo y me quedé con tan sorprendente animal.
El hámster fue la mejor tarjeta de visita que tuve durante todo el invierno, y conseguí más contratos que nunca, algunos incluso en lugares que hasta entonces habían sido feudo exclusivo de circos más grandes. La fama de mi nueva adquisición corrió rápidamente como un reguero de pólvora, tanto que incluso firmé un contrato con la televisión para que emitiesen en directo nuestra primera actuación del verano. Iba a ser nuestro gran salto a la fama nacional y la oportunidad para hacer más grande nuestro humilde circo.
Y llegó el gran día. Todo estaba yendo como la seda e incluso parecía como si los animales se encontrasen más receptivos que nunca. Y por fin, el número final, el ratón que escribía en una pizarra.
Yo mismo saqué al hámster al escenario en la misma caja en que lo había adquirido y, tras abrirla, coloqué la pizarra. Me alejé y el hámster comenzó el ritual de costumbre, que ya habíamos ensayado otras veces, y, tras levantarse sobre las patas traseras, se acercó a la pizarra sosteniendo la tiza. Pero justo cuando parecía que iba a empezar a escribir, se paró sin más y cayó redondo al suelo, sin soltar la tiza. Me acerqué al escenario a toda prisa al tiempo que un cámara de televisión corría a mi lado. Y en mala hora había aceptado la presencia de cámaras de televisión. El cámara no pudo más que grabar mi cara de sorpresa y perplejidad, después de descubrir conmigo y con toda España que en la tripa de mi preciado animal se podía leer "Made in Taiwan".
Mi mundo y mi negocio se me vinieron encima y, tras pagar todas mis deudas, acabé como ahora me ves. Ahora ya sabes por qué Odio Taiwan
lunes, febrero 20, 2006
¿Otro artículo en el mismo día?
He estado dando vueltas al blog, lo que hago y mis intentos por publicar y he decidido que es una tontería firmar este blog con un seudómino. Por eso, desde ahora mismo, mi perfil contiene mi nombre completo, para que quien me conozca pueda exclamar aquello de "mira tú quién era" y quien no me conozca, sepa quién soy.
Además, quien lea esto debe saber también que ya hay algo mío publicado, aunque sea sólo en Internet. Además de la historia que incluí aquí hace unos días, que está en proceso de maquetación, es posible encontrar una novela corta mía, de género negro, en el portal literario de http://www.yoescribo.com. Sólo son cuarenta páginas, así que no hay excusas para no leerla. Y aparte de eso, espero que todo aquel que lea estas líneas hable a sus amigos, enemigos, familiares y conocidos de ambas historias. Si he decidido salir del anonimato es también porque espero recibir muchas críticas, tanto si son buenas como si son para despellejarme.
Para los que os sintáis vagos como para acudir a yoescribo.com y buscar mi nombre, aquí os dejo un enlace directo:
http://www.yoescribo.com/publica/comunidad/autor.aspx?cod=34082
P.D.:Lo de poner una foto en el perfil, no me lo planteo de momento. Quiero que la gente lea lo que escribo, pero sin asustarla.
